sábado, 24 de enero de 2009

colapso

no sabia demasiado bien que seria lo próximo en suceder pero si sabia lo que tenia que hacer, ese diablo no m importaba, nunca me dio de comer ni tampoco me quito el filete del plato,,No me preocupa ese tema, no m puede preocupar ese tema....

a veces hay problemas, y a veces no es un problema en si sobre lo que se actúa pero es algo que se puede optimizar, sacarle mas rendimiento...y a veces hay que pasar por encima de algunas cosas,, o al menos eso me enseñaron a mi, y a todos . .. bueno a todos no, hay cosas que es mejor no enseñar a todo el mundo o saberlo no tendría ningún valor,, aunque no sea difícil de entender o aprender , es simple, es incluso obvio pero aunque lo tengan delante de las narices no lo verán mientras no quieran que lo veas.......

sábado, 17 de enero de 2009

EL BANQUETE SONÁMBULO


Alguien que rebuscaba entre los desperdicios de un restaurante en la calle trasera de un callejón le despertó, aullando como un lobo feliz tras haber encontrado una lasaña casi entera entre restos de ensalada y pedazos de pan. Tan obscena realidad como la del sueño del que despertaba.
Miles de jóvenes y muchachas desnudos bailando y retozando en un paisaje nocturno de hogueras y jardines, edificios vacíos en el horizonte encerrando la escena. Ante él una hoguera era testigo de una bacanal donde nadie tenía sentidos para algo más que vivir ese instante disperso. Unos tambores y sonidos humanos, metales, coros ocasionales y el profundo sollozo de la noche y las cálidas luces del fuego que bañaban las formas. Un paisaje prehistórico de no haber reconocido los edificios latentes en su oscuridad visible.
Sentía su cuerpo latiendo como un corazón trepidante, inmerso en la atmósfera de la ocasión que esa noche le había brindado el mundo de los sueños.
Pensó que la escena onírica tenía un extraño vínculo con la voz en la noche que celebraba la vida, aunque solo fuera por haber hallado viandas en plena y pútrida basura.
La soledad del vagabundo y la insoportable inmersión en la masa de los celebrantes constituían un solo elemento en sí mismos.
Se levantó de la cama a por algo de agua, y al mirarse en el espejo descubrió que en su antebrazo tenía un raro tatuaje de tinta roja con un triángulo y un gato. Sin darle más importancia volvió a la cama.
Tras el despertador, el café y la radio, salió para ir al trabajo sin apenas estar despierto. Una vez en el tren contempló la bruma que cubría Madrid, los rayos del sol que cubrían las felices caras de la realidad que de nuevo eran visitadas por la luz del día.
En el asiento de enfrente se sentó una chica con el pelo rojo, vestida casualmente con pantalones anchos, chaqueta de pana y anillos en los labios y las orejas.
Se preguntó porqué nunca le habían gustado tales adornos para su propio cuerpo, como si algún deseo del adolescente que no hacía tanto tiempo fué esa mañana quería un anillo en la oreja para sentirse aún poseedor de los años pasados.
Al llegar a la estación de Chamartín la chica se bajó del tren y tras continuar el trayecto se percató de un folleto en el asiento.
RAVE BICEFALIA – Sábado 17 de marzo – NAVALCARNERO
Un mapa intentaba detallar cómo llegar a los incautos forasteros.
Guardó el pase y se levantó para bajarse en Recoletos.
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Al salir de la estación comenzando a percibir la temperatura, la hora, la vitalidad necesaria para despertar por fin del estado semiconsciente de la cruel mañana de lunes.
Al atravesar la plaza de Colón cruzé la mirada con un soldado que estaba sentado en un banco, esperando algo o alguna hora concreta o simplemente contemplando la mañana.
Desde el mp3 sonaba “an ode to no one” , de Smashing pumpkins . Una oda a nadie. Una mirada a nadie en especial, una mañana en la que nadie le había saludado, como tantas otras, y en la que las miradas no dedicaban una oda a nadie en especial, sino al tiempo que se escapaba de la mañana que apenas comenzaba.
Subiendo Serrano desde colón hasta llegar a las puertas del trabajo un recuerdo leve y certero le trajo a la mente la escena que la noche anterior le despertó. El vagabundo, un ser consentido por los habituales y que nadaba a sus anchas con respeto a los viandantes, le recordó al vagabundo que aullaba de felicidad, y con el aullido el tatuaje de su antebrazo volvió a su memoria visual.
No podía creerlo pero no había ningún tatuaje, su antebrazo solamente registraba un manchón rojizo y disperso.
Sin dudarlo ayer tenía un signo, un dibujo, un anagrama, pero de aquél no quedaba siquiera mi recuerdo, difuminado en la confusión de la noche, del sueño que no recordaba apenas y de la mañana que, como el tren que le había llevado a Madrid había pasado por encima de todo lo inútil para la supervivencia.

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